Mensaje del Asesor Nacional (septiembre)

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¡Hola queridos hermanos cursillistas!

En la medida que convivimos y trabajamos juntos, como aconteció con algunos de ustedes esta vez en Parral, Chihuahua, los siento más fuertemente parte de mi vida y de mi trabajo por la Iglesia.

Regresé con una muy buena impresión de Chihuahua tanto de la Reunión de Asesores, como del Plenario. Son estos encuentros los que despiertan el corazón y lo hacen desear cosas grandes, es decir, reavivan el Ideal.

A propósito de este punto, quisiera profundizar críticamente en el tema a partir de una conferencia que ofreció John Waters en el Meeting de Rímini, Italia, y cuyo tema era “Esa naturaleza que nos empuja a desear cosas grandes es el corazón”. La resumo en unos cuantos incisos:

  • Normalmente, hablamos del corazón como de una metáfora que evoca un sentimiento y se contrapone a la razón. Esta es una percepción confusa de lo que es el corazón humano; refleja la confusión de hoy sobre nuestra propia naturaleza.
  • Pero también, no parece que la mente exista en un espacio físico, como un proceso químico o mecánico. No puede ser ni pesada, ni vista ni oída, y esto parece entorpecer los caminos de la medición y de la objetividad. La mente es también un misterio.
  • El corazón es una especie de chivo expiatorio que proviene de la incapacidad de la razón para comprenderse plenamente a sí misma.
  • Cuando la razón mira todo de manera determinista, se define tanto a sí misma como al corazón como sistemas cerrados, pero descarta los elementos que no comprende, apuntándolos con el dedo, con cierta ironía. La razón culpa al corazón de llevarla por mal camino.
  • Lo que antaño era la “tempestad del corazón” ¿no es tan sólo un modo de señalar aspectos mucho más complejos del funcionamiento de la razón?
  • Nuestro modelo mecanicista de la realidad que proviene de una deshumanizada racionalidad…, de modo engañoso proporciona un sentido parcial de sí misma incluso.
  • Nosotros no nos hacemos a nosotros mismos” (L. Giussani). En el fondo el corazón nos hace presentir que el “yo” no parece haberse creado a sí mismo, late y piensa como la proyección de algo que está más allá. Ese fondo inaccesible es el “verdadero yo”, elemento esencial y primario del corazón humano que el cirujano no puede encontrar. El “yo” está acompañado por algo, o por Alguien.
  • El corazón convierte en dramático el misterio del dilema central del hombre, pero también ofrece un principio de razón distinta: El corazón es la sede desde donde mi humanidad parece surgir.
  • La paradoja consiste en que el “yo” que se encuentra en el centro de cada ser humano no es una autoridad autónoma, sino una especie de sociedad entre lo que es evidente y algo que parece no serlo. Mi “yo” soy “yo”, es cierto, pero también es algo misteriosamente otro.
  • Mis deseos, por tanto, no son totalmente “míos”; también derivan de esta alteridad.
  • Una concepción del corazón como sede de los deseos, no debe sonar a un mandato sentimental o moral, o implicar una dirección decidida de ante mano. Se trata más bien del punto de partida de un viaje.
  • La búsqueda debe ser exhaustiva y total, que comienza con la pregunta auténtica que martillea con su insistente ritmo todos los días de nuestra vida.

Hemos aprendido en Cursillos que el ser humano está constituido de tal modo que puede concebir un ideal para sí, ideales muy grandes que reflejen sus aspiraciones infinitas; sin embargo, aquello que le hace posible hacerse de un ideal es el corazón, esta estructura antropológica (que constituye al ser humano) que orienta de mejor manera la comprensión de nuestra naturaleza, del “yo”, de su razón, de su voluntad, de su libertad y del misterio que le rodea y no comprende del todo, pero le hace emprender siempre el viaje.

Hace algunos años Roberto, un amigo, me decía que la relación de él con su papá, Lázaro, que acababa de fallecer, constituye la experiencia más evidente de la actuación de Cristo en su vida, el signo más notorio de cómo Cristo es capaz de regenerarlo todo; en este caso, restableciendo el vínculo entre padre e hijo, tras más de 15 años interrumpido. Se había convertido en una de las evidencias más palmarias de cómo Jesús está vivo, y actúa reconstruyendo todo lo que en términos humanos daríamos por concluido. ¿Quién si no Él puede hacer que un hijo pueda reencontrarse con su padre después de tanto tiempo y que pueda hacerlo sin que el pasado importe? ¿Quién si no Él puede haber introducido el perdón de esa forma?

El corazón de Roberto reclamaba esta reconciliación pero no sin fundamento, no sin razón en sentido grande; y encontró en el misterio encarnado, es decir, en Jesucristo, la justificación para caminar hacia su padre moribundo sin desesperar.

¡De colores amigos cursillistas!
San Francisco de Campeche; Campeche, Septiembre 2014

P. J. Joaquín López Arévalo
Asesor Nacional