¡Hola amigos! ¡De colores!
Siempre que oigo el saludo de los cursillistas: ¡De colores! Es para mí como sí dijeran: ¡Felices Pascuas! Porque es la resurrección del Señor Jesús la que ha venido a pintar desde dentro nuestras vidas de los colores de la nueva vida, del nuevo mundo.
Me gustaría compartir con ustedes la hermosa y profunda impresión de una mujer ya bastante mayorcita que al terminar la celebración de la Noche de Pascua en mi Parroquia dijo como epílogo de lo vivido en esa noche santa: “esta noche después de la belleza de toda esta ceremonia, se aviva en mi la seguridad de que verdaderamente Jesús ha resucitado”. Después de este comentario me relajé porque pensé que la ceremonia había estado sobrecargada, y por ende cansada, pero una mujer de edad me reconfortó con su comentario. Yo la disfrute al máximo, pero pensaba que los demás no. ¡Que sorpresa!
¿Qué es la resurrección? Y concretamente, ¿qué es una Iglesia resucitada? Es una Iglesia que sabe transmitir a Jesús.
En estos días hemos escuchado insistentemente el evangelio de san Juan que se esfuerza por mostrarnos el significado profundo de Jesús para el mundo. El evangelista quiere que creamos en Jesús y que le compartamos con el mundo que no lo conoce, que seamos sus testigos. Para san Juan Jesús viene del Padre, y el Padre está siempre con él, pero también Jesús quiere que vayamos a la misión así como el Padre lo ha enviado. En pocas palabras, la grandeza de Jesús, salvador del mundo, tiene que llegar al mundo mediante nuestro testimonio: ¿Y cómo ha de ser este testimonio?
Ser testigos múltiples de un evento único. Dice el papa que no se puede ir a la misión solos, por eso, es necesario vivir gozosos la misión desde la pertenencia a una comunidad, desde el testimonio de una comunidad. De hecho, la Iglesia habla solamente de Cristo, muerto y resucitado; ese es su único tesoro y al mismo tiempo su único mensaje, sin embargo lo hacemos desde las múltiples experiencias que los que pertenecemos a la Iglesia hacemos de este único acontecimiento. No se trata de contarnos a nosotros mismos, de contar solamente lo que Dios ha hecho en mi vida, sino de contar lo que Dios ha hecho en mi comunidad. El lenguaje que deriva del testimonio comunitario es más convincente, porque remarca que Dios no es para uno, o unos cuantos, sino para todos. Pero para que este kerigma ocurra es necesario hacer una verdadera síntesis espiritual en el corazón de lo que Dios ha hecho en mi y de los que ha hecho en la vida del otro, y todavía más, asombrosamente podemos verificar cómo ambas experiencias se intercomunican expandiéndose y enriqueciéndose mutuamente. El mundo está cansado de escuchar lo que presuntamente Dios ha hecho en nuestras vidas, y al mismo tiempo, ver la condena que hacemos de los demás. Esta incoherencia hay que superarla a la luz de la Pascua que nos lleva a ser una comunidad resucitada.
Otro aspecto de la comunidad resucitada es la experiencia del apóstol Tomás: “si no meto mi dedo en los agujeros de los clavos, y no meto mi mano en la herida de su costado, no creeré”. Este es la respuesta del mundo postmoderno a la propuesta de nuestra evangelización: “Si no toco, si no palpo, si no experimento tales resultados, no creeré”. La sociedad de hoy le exige a Cristo y a su Iglesia mostrar las heridas de los clavos y del costado, es decir, su verdadera solidaridad con el sufrimiento del mundo. Y así como Jesús le dijo a Tomás, “mete tus dedos…” Así también la Iglesia tiene que ofrecerse al mundo. El “vengan y lo verán” que culmina con “digan a Juan lo que han visto”, se vuelve a recordar en el momento en que la Iglesia es lanzada a la misión: vengan, palpen y crean, ya no sigan dudando. En el amor misericordioso, y en la opción preferencial por los pobres (aunque le pese a Catón), se encuentra el motivo de la fe en el Resucitado para el hoy.
En estos días volví a mirar en el cuadro de Dalí, La Madonna de Port Lligat, un signo eclesial extraordinario, fruto de la resurrección. Se trata de cinco mujeres alrededor de la escena, todas viendo hacia el horizonte, hacia el mundo. El cuadro parece sugerir que son una interpretación de la Virgen Madre del niño Jesús, vivo en la Eucaristía, porque su atuendo es el de una novia. Son como María vueltas hacia el mundo, es la Iglesia vuelta hacia el mundo en forma de novia, para desposarse, unirse al mundo en todo lo que este mundo es.
Gracias por compartir conmigo este espacio.
Felices Pascuas, de colores!
Que el Señor Jesús sea el motivo de sus alegrías y su esperanza en los problemas y sufrimientos.
P. Joaquín López Arévalo
Asesor Nacional