¡Hola hermanos cursillistas! ¡Un saludo cariñoso desde el calor de estas tierras campechanas!
A propósito de la decisión en la última asamblea del Secretariado Nacional de Cursillos, en Tapachula Chiapas, de proseguir el Plan Nacional con el objetivo ahora de Post-cursillo, tenemos que profundizar para saber proyectar la misión del Movimiento en el marco de la Nueva Evangelización. El trabajo sobre el Post-cursillo será la plataforma para animar y orientar a todo cursillista en su misión de evangelizar los ambientes con la luz que nos ofrecen tanto el Magisterio como los distintos aportes teológico pastorales sobre el sentido de la Nueva Evangelización en nuestras tierras. Caminamos hacia una nueva síntesis entre fe y vida postmoderna como lo han propuesto nuestros pastores; por lo que evangelizar la realidad significa encarnar la fe en los ámbitos de la vida que hoy se encuentran secularizados. No se trata de encarnarla como en tiempos pasados, sino de llevarla a cabo de un nuevo modo, como lo exigen la justa autonomía de las realidades temporales y otras exigencias del mundo actual.
En este sentido, me topé con una experiencia singular que quisiera compartirles. Un periodista guatemalteco habla a propósito de la amenaza de muerte que le hicieron:
Dicen que estoy “amenazado de muerte”. Tal vez. Sea ello lo que fuere, estoy tranquilo, porque, si me matan, no me quitarán la vida. Me la llevaré conmigo, colgando sobre mi hombro, como un morral de pastor.
A quien se mata se le puede quitar todo previamente, tal como se usa hoy, dicen: los dedos de las manos, la lengua, la cabeza… Se le puede quemar el cuerpo con cigarrillos, se le puede aserrar, partir, destrozar, hacer picadillo. Todo se le puede hacer, y quienes me lean se conmoverán profundamente, y con razón.
Yo no me conmuevo gran cosa, porque desde niño Alguien sopló a mis oídos una verdad inconmovible que es, al mismo tiempo, una invitación a la eternidad: “No temáis a los que pueden matar el cuerpo, pero no pueden quitar la vida”.
La vida, la verdadera vida, se ha fortalecido en mí cuando, a través de Pierre Teilhard de Chardin, aprendí a leer el Evangelio: el proceso de la resurrección comienza con la primera arruga que nos sale en la cara; con la primera mancha de vejez que aparece en nuestras manos; con la primera cana que sorprendemos en nuestra cabeza un día cualquiera peinándonos; con el primer suspiro de nostalgia por un mundo que, de pronto se deslíe y se aleja frente a nuestros ojos…
Así empieza la resurrección. Así empieza eso tan incierto que algunos llaman “la otra vida”, pero que en realidad no es la “otra vida”, sino la vida “otra”…
Dicen que estoy amenazado de muerte. De muerte corporal, a la que amó Francisco. ¿Quién no está “amenazado de muerte”? Lo estamos todos desde que nacemos. Porque nacer es un poco sepultarse también.
Amenazado de muerte. ¿Y qué? Si así fuere, los perdono anticipadamente. Que mi Cruz sea una perfecta geometría del amor, desde la que pueda seguir amando, hablando, escribiendo y haciendo sonreír, de vez en cuando a todos mis hermanos los hombres.
Que estoy amenazado de muerte. Hay en la advertencia un error conceptual. Ni yo ni nadie estamos amenazados de muerte. Estamos amenazados de vida, amenazados de esperanza, amenazados de amor…estamos equivocados. Los cristianos no estamos amenazados de muerte. Estamos “amenazados” de resurrección. Porque además del Camino y de la Verdad, él es la Vida, aunque esté crucificada en la cumbre del basurero del mundo…”
(José Calderón Salazar, “Amenazado de resurrección”: Actualidad Pastoral (Buenos Aires, mayo 1978).
Lo hermoso de este testimonio es que se trata de un periodista que confiesa su fe a sus enemigos, que ha profundizado en el evangelio, y que no sólo entiende, sino que “vive la resurrección” con una convicción que reta los modos de comprensión que la cultura actual tiene acerca de la realidad y concretamente la visión de la muerte.
Preguntémonos si nuestro testimonio de fe sólo se efectúa en los ámbitos habituales de la catequesis o de la Iglesia, o se realiza en el ámbito de nuestras profesiones, ahí en donde el mundo no sólo nos cuestiona sino hasta nos amenaza.
¡De colores hermanos!