¡Les saludo con mucho cariño a todos ustedes hermanos que se han revestido de la gracia y la hacen fructificar con sus compromisos diarios con los colores de una humanidad redimida!
Jesucristo es el único que hace de nuestra humanidad una humanidad nueva. En ello estriba la diferencia; incluso entre personajes que nuestra sociedad venera por igual.
Hace algunos años leí Ortodoxia de G. K. Chesterton y en ella encontré luces que me confrontaron y me animaron a tomar de un modo más comprometido mi ser cristiano y sacerdotal. Describo unas páginas sobre el particular:
Juana de Arco, dice Chesterton, poseía todo lo que fue verdad en Tolstoi y en Nietzsche; todo lo que en ambos fue aceptable. Todo lo que es noble en Tolstoi: el placer de las cosas sencillas, especialmente de la piedad sencilla, la deferencia para el pobre, la dignidad de las espaldas dobladas. Juana tuvo todo esto, más este gran agregado: sobrellevó la pobreza tan bien como la había admirado, en tanto que Tolstoi fue un aristócrata típico intentando hallar su secreto. Y luego pensé en todo lo que había de valiente, de arrogante y de patético en Nietzsche, y su rebelión contra la vaciedad y la timidez de nuestro tiempo. Juana tuvo todo esto y, otra vez, con esta diferencia: que no alabó la lucha, pero luchó. Sabemos que no temía a un ejército, mientras que Nietzsche, por todo lo que sabemos, pudo tener miedo de una vaca. Tolstoi solamente alabó al campesino; ella, fue campesina. Nietzsche alabó al guerrero; ella fue guerrero. Ella los derrota a ambos en sus propios ideales antagónicos. Ella fue una persona perfectamente práctica que hizo algo, en tanto que ellos fueron feroces especuladores que no hicieron nada. Ella tenía en su fe el secreto de esta unidad de vida y de utilidad moral que hoy falta en el mundo y a veces en la Iglesia.
El secreto está en su Señor, en Cristo, quien redime y lleva la realidad de la vida, de los grupos, de los movimientos y de la Iglesia a otro nivel.
Respecto a este punto de redención y compromiso con la realidad quisiera que miráramos algo que está pasando en algún lugar del planeta y que resuena en todo el mundo: el mundial. Hemos disfrutado hasta el momento los distintos encuentros futboleros del mundial, Brasil 2014; hemos visto con sorpresa como se regresaba a su casa España, el campeón del mundo; hemos visto con profunda admiración el gran nivel de los equipos africanos y latinoamericanos, hemos vivido la emoción de cómo nuestro equipo llegaba a los octavos de finales con una gran personalidad, tapando bocas y generando ilusiones; pero también hemos visto con amargura su desgraciada derrota. Todo ello con las consabidas emociones que la reyerta suscita. Sin embargo, podemos ir más allá y reflexionar sobre cosas que aparentemente no son tan importantes pero que están profundamente implicadas en el evento: la agresividad del insulto y la prepotencia corruptora del dinero.
- La agresividad del insulto. Nos la hemos ingeniado para librar muchas batallas que no lo eran, y otras que sí lo fueron pasaron desapercibidas y nadie las luchó o las ha luchado todavía; quizá el único hombre que lo haya hecho, sea el hombre consciente y honesto, el santo. Pero en esta ocasión, por defender un lugar, llegamos a la extraña idea de “una grosería en un contexto determinado, no lo es”, como entre cuates que se saludan utilizando palabras abyectas, aunque sean miembros de la pandilla que no trasciende socialmente sino a golpes de vandalismo o algo semejante. Pensando en nuestro Movimiento, consideremos su función en la Iglesia y en el mundo. Somos un grupo de personas que han sido alcanzadas por Cristo que nos invita a discernir el insulto anidado en las estructuras eclesiales que deberían ser de servicio y no de utilidad para intereses particulares y no del Evangelio. Y tal y como nos toca hoy trabajar, el Secretariado es un punto de renovación espiritual y funcional.
- La idolatría del dinero. A mí me encanta el fútbol, pero ya se me metió en la cabeza que un árbitro que no ve un penal o lo ve donde no hubo tal cosa, cometa ese error no tanto por las limitaciones que todos tenemos, sino por la influencia del dinero que lo compra. No sabremos de estas corrupciones a ciencia cierta a menos que las exhiban los tribunales de justicia, pero no dejan de ser posibilidades muy reales. ¿Dónde empieza todo? En casa, desde pequeños, nuestra ambición por los bienes materiales nos llevan a ser esclavos de ellos, y con esto introducimos el factor que genera corrupción en la vida. Y de esto nadie escapa, nadie.
Por eso, si nuestro Movimiento cuenta con Cristo, cuenta con su gracia, y con ello la posibilidad real de vencer al verdadero enemigo de la política, del mundial, de la globalización, del crimen organizado…, pero ahí en nuestra casa, en nuestro Movimiento y su centro de mando (pienso en el Secretariado).
Pbro. José Joaquín López Arévalo, Asesor Nacional