Ves a la Trinidad, si ve el Amor
La celebración litúrgica de hoy (Santísima Trinidad) destaca que a la luz del misterio pascual se revela plenamente el centro del cosmos y de la historia: Dios mismo, Amor eterno e infinito. Toda la revelación se resume en tres palabras: Dios es amor (1Jn 4,8.16), y el amor es siempre un misterio, una realidad que supera la razón, sin contradecirla, sino más bien exaltando sus potencialidades. Cristo nos reveló el misterio de la Trinidad, y nos dijo que Dios es amor “no en la unidad de una sola persona, sino en la trinidad de una misma sustancia” (prefacio). Es Creador y Padre misericordioso. El misterio de la Trinidad es la fuente de donde brota toda vida sobrenatural. De Dios Padre somos hijos; del Hijo, somos hermanos y coherederos; del Espíritu Santo, santificados.
Por eso, somos templos de la Santísima Trinidad.
Tres personas que son un solo Dios, porque el Padre es Amor, el Hijo es amor y el Espíritu Santo es amor. Dios es todo amor, y sólo amor: amor purísimo, infinito y eterno. Es por eso, que las Personas de la Trinidad no viven en una espléndida soledad, sino que es más bien son fuente inagotable de vida, que se entrega y comunica incesantemente. Por eso, san Agustín llega a afirmar: “Ves la Trinidad si ves el Amor”.
Pero es claro, que en este mundo nadie puede ver a Dios, pero Él mismo se nos da a conocer. Quien se encuentra con Cristo, y entra en una relación de amistad con Él, acoge en su alma la misma comunión trinitaria, según la promesa de Jesús a sus discípulos: “si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él, y haremos en él nuestra morada”(Jn 14,23).
Jesús mismo promete que pedirá al Padre que mande a los suyos el Espíritu Santo (abogado, paráclito). El primer abogado del ser humano es el Hijo encarnado, que vino para defender al hombre del acusador por excelencia: Satanás. Por eso, el Padre nos envío al mundo de los hombres a su propio Hijo, para dárnoslo a conocer (Jn 1,18), y mediante este conocimiento llegar a la posesión de la vida (Jn 17,3).
Dios, por amor, habita en el ser humano
Jesús vino para juzgar el mundo. Cuando se habla así del juicio, se entiende un juicio con el sentido de condenación. Jesús vino como salvador. El hombre que lo acepta, mediante la fe, como quien en realidad es, no será condenado.
En el momento en que Cristo, cumplida su misión, vuelve al Padre, el Padre envía al Espíritu como Defensor y Consolador, para que permanezca para siempre con los creyentes, habitando dentro de ellos. Así, entre Dios Padre y los discípulos se entabla, gracias a la mediación el Hijo y del Espíritu Santo, una relación íntima de reciprocidad: “Yo estoy en mi Padre, ustedes en mí y yo en ustedes” (Jn 14,20).
Pero todo esto depende de una condición, que Cristo pone claramente al inicio: “si me aman” (Jn 14,15). Sin el amor a Jesús, que se manifiesta en la observancia de su Palabra, de sus mandamientos, la persona se excluye del movimiento trinitario y comienza a encerrarse en sí misma, perdiendo la capacidad de recibir y comunicar a Dios.
La celebración de hoy, además, tiene un tinte eucarístico. Es en el Eucaristía donde se revela el designio de amor que guía toda la historia de salvación. En ella, Dios Uno y Trino, se une plenamente a nuestra condición humana.
En el pan y en el vino, bajo cuya apariencia Cristo se nos entrega en la cena pascual, nos llega toda la vida divina y se comparte con nosotros en la forma del Sacramento. Dios es comunión perfecta de amor entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.
Finalmente, traer a colación una frase de Catalina de Siena, con la cual la santa italiana expresa algo del misterio trinitario en el alma del creyente: “Tú, Trinidad eterna, eres mar profundo, en el que cuanto más penetro, más descubro, y cuanto más descubro, más te busco”.
¡FELIZ DOMINGO DE LA TRINIDAD!